miércoles, 27 de enero de 2010

COMPAÑEROS INSEPARABLES













Hoy, desde que llegué a mi casa, estoy teniendo una acalorada charla con este compañero inseparable que tengo.
Es verdad que lo llevo y traigo por donde nuestro cuerpo se mueve más allá de lo que a veces quiere moverse, pero eso no le da derecho alguno a recriminarme mi paseo por el oscuro de la noche pateando el resbaladizo asfalto ni moviéndome al ritmo cadencioso de la música de ayer y hoy, ni trepar rocas escarpadas.
Yo no me meto con él más allá de echarle en cara que es un visitante incómodo. Que no le llamé para que se viniera conmigo. Que puedo pasar muy bien sin él y de hecho no quiero que se quede. Pero, más terco que una mula y debe ser sordo, porque como el que oye llover.
Aunque, debe ser mía la culpa. Bastante tiene el pobre con que yo no lo deje relajarse, que muchas veces lo someta a calenturones y que lo lleve por donde él no querrá, ni asomarse siquiera.
Pero es lo que hay. Somos ya muchos años compañeros inseparables. Juntos hemos recorrido medio mundo. Paseamos unidos por fuertes lazos y nos han calentado los mismos abrazos. En definitiva que nos queremos, la verdad sea dicha.
Ahora voy de nuevo a oír su lamento. A sentir sobre mi piel el peso de sus reproches por los últimos días vividos llevándolo por donde yo he querido. Frío o caliente. Tenso o relajado.
Acabamos de disfrutar de una suave y caliente ducha y él me ha ido diciendo bajito lo que me quiere, pero que lo tengo un poco cansado. Que, por favor, por unos días le de algún masaje y lo perfume. Que lo cuide y veré como no me da motivo de queja. Que me esté quieta y deje de ir de acá para allá, que no quiere viajar más de momento, ni subir montañas.
Yo le he dicho que haré lo que pueda pero que no le aseguro nada.
He empezado a cuidarlo, a mimarlo. Pues hoy no llevará zapatos de tacón, ni andará oprimido.
Hoy lo he enfundado en unos suaves calcetines y unas cómodas zapatillas de andar por casa que le han dado una cálida bienvenida y le han dicho bajito:

No te preocupes juanete: hoy el dedo gordo del pie derecho y tú podréis descansar calientes y cómodos en el hogar, dulce hogar




jueves, 21 de enero de 2010

HUELLAS DE LETRAS.


Cuando escribimos nos gusta que quienes nos leen, nos den su opinión y nos digan si les ha gustado lo que hemos creado unas veces a "vuela tecla", y otras con tiempo suficiente como para releer, borrar, rectificar... Muchas veces los lectores pasamos de puntillas por los escritos que son leídos, pero el silencio de las palabras calladas, nos deja la duda de si habremos sabido llegar al corazón o a la mente de quien, pese a leernos, no nos dice nada.
Esto lo escribí en el Foro de Literatura (uno de varios en los que estoy) donde lo dejé como agradecimiento a quienes leen, escriben, comentan o silencian. 

Hoy quiero agradecer las huellas de vuestros pasos en la arena de este Foro, aunque paseís de puntillas y no digais nada. 

Hay muy buenas aportaciones literarias que llegan a rozarnos el corazón. Bellas prosas y poesías que a veces quedan sin respuesta. Quienes aquí escriben y lo hacen tan bien, un@s con experiencia y capacidad literaria y otr@s, en las que me incluyo, queriendo hacer una tímida incursión en este pequeño mundo real o imaginario donde nos aventuramos para, sobre todo, sacar de nuestro interior lo que callado no puede quedarse.

Muchas aportaciones quedan sin un comentario que nos de una idea de lo que hemos conseguido al crearlo. Una fugaz lectura a veces pasa por bellos relatos o sinceros poemas. Otras, son motivo de análisis, confusión o debate. Pero todas, sin excepción, han sido creadas en el bullicio de mentes y corazones que se abren hueco entre las letras que, como letanías, se presentan ante sus creadores para ser contadas.

Llevo algunas noches dedicando un buen tiempo a leer los relatos y algunos poemas vuestros que, fotocopiados, se amontonaban en blancos y enrollados folios esperando ser leídos. Dejo que, cómodamente, se me vayan llenando los ojos de lágrimas y se me pongan los pelos como escarpias. Puedo desde mi cómodo rincón, relajarme sintiendo el beso de amantes y la glosa del amor vivido y sentir a la vez, el llanto de dolor por el sufrir de otros y risas perdidas.

Puedo observar detenidamente mi entorno y saber que me encuentro a salvo del miedo exterior hecho cuento . De la violación de la niñez. De la muerte a manos de corazones desagradecidos y mentes tortuosas. Puedo comprobar que los miedos nos sorprenden agazapados en mazmorras imaginarias y negras como la desolación, y puedo sonreír ante alegrías de vidas desconocidas y debo, porque quiero, ponerme a escribir esto que os dejo.


Vosotr@s con esa fluidez de verbo y letra. Con esa capacidad de sorprendernos cada día. De regalarnos historias. De crear poesía, hacéis que, cuando me imbuyo en las vidas dejadas en letra por vuestra imaginación creada, yo pueda pasearme con libertad por los recovecos oscuros y claros de la mente.

De vuestra mente. De las que salen tantas y diversas formas de sentir y contar lo que nos dejáis. De ayudarnos a ver y saber de las cosas que pasan sin que a veces nos demos cuenta.

Por eso quiero deciros hoy que, aunque en ocasiones no os diga nada a lo que escrito queda, me llegan esas historias vuestras que, reales o imaginarias a cualquiera nos pueden dejar con una lágrima o una risa en la cara.



Gracias por vuestros relatos, por los poemas, de los que por aquí estáis o de los poetas que, consagrados ya en la historia, rescatáis para hacernos recordar o darnos a conocer lo que otros crearon.
















UN SACO DE BESOS

Alargo mis manos y tiendo los brazos. Abrazo al hombre de la moto, pues voy de paquete en su negra que recorre los caminos mientras que el frío se va apoderando de manos, pies, cara, todo el cuerpo. Pero vamos entrando en calor al suave roce de la piel en que hemos envuelto nuestros cuerpos al subir a la negra moto.

Llegamos a un lugar donde el calor del hogar nos abraza de nuevo y la piel de los suaves trajes que llevamos caen despacio sobre el diván que hay frente a la chimenea. Allí he descargado el saco lleno de besos y los he oído crepitar como dulces palomitas de maiz.



Ya no siento frío, pues los besos y el abrazo son uno junto al fuego.

http://www.youtube.com/watch?v=aLukX96IrQo

lunes, 4 de enero de 2010

UN DIA DE PESCA

http://www.youtube.com/watch?v=Tx-TpvHhuwk
Viejo zorro es, además de un gran amigo al que quiero mucho, un extraordinario pintor y escultor. Juntos lidiamos con la Literatura y el Humor por el Foro de Literatura donde pasamos muchos buenos momentos.
Tiene creado un rincón donde va dejando algunas de sus pinturas para que nuestra imaginación cree lo que le inspira el cuadro.
Este que dejo es el que me inspiró esta bella pintura. 

UN DIA DE PESCA.
Me he dejado el cebo, ¡¡será posible esta cabeza mía¡¡ ¿En qué estaré pensando?...En él, seguro. En las cosas que hace, en cómo las hace…En los mensajes subliminales con los que me acalla. En su voz. En…bueno, en tantas cosas que ya no sé que pensar.

Rebusco en la cesta, nada. Miro debajo del asiento de la barca, solo encuentro la carta de una baraja…¿Pero que hace esto aquí?...Es un as, el de trébol, qué curioso…Bueno, sigo buscando el cebo…y con la carta en la mano me voy a la proa a sentarme un poco mientras pienso donde podré encontrar uno para poder pescar, que a eso he venido y muy temprano me hice a la mar cuando aún no había amanecido y las nubes grises recortaban el cielo en formas que se alargaban movidas por el aire y removía mi pelo como ondas marinas.

A lo lejos el faro emitía su haz de luz y se erguía majestuoso con su ojo de fuego. El aire impetuoso de la primera hora se había calmado y una suave brisa  traía ante mí su aroma de algas y sal. De repente me di cuenta que mi interés por pescar había desaparecido. Me dispuse a relajarme mirando al cielo que cambiaba de color constantemente. Que se mostraba ante mí como obra inacabada. Como pintura en un cuadro cuyo boceto no había sido precisado. Un cielo cuyo azul no estaba en la paleta de colores. Pero si el gris y el negro, el naranja y el ocre y me pareció ver un suave malva rodeando una nube que cambiaba de forma y me regalaba otra nueva antes de que hubiese descubierto en qué se había convertido la anterior.

Las olas suaves y onduladas rozaban tímidamente la barca. Quise mojar mi cara con ellas y, de pronto, el frío húmedo salpicó mi calma. Mientras me engullía el mar y las algas se asían como tentáculos a mi cuerpo y un ensordecedor silencio me rompía por dentro, pensaba que era el fin de todo. No podía nadar. Me hundía más y más. La profundidad dolía.
No sentía miedo ante la realidad que se palpaba junto al acelerado ritmo cardiaco, pero pese al brutal silencio que ensordecía más que cualquier ruido, el sonido de mi corazón era claro y fuerte. Como de galope de caballos desbocados.

Dicen que cuando vamos a morir toda nuestra vida pasa ante nosotros a una velocidad de vértigo. Que podemos ver todo lo que hemos vivido. Que podemos recordar lo que quedó en el olvido. Que no hay ya ni dolor ni miedo, sino la conciencia de llegar a la infinitud de la nada.

Y allí,  en la inmensidad del mar.
Se daban la mano mis mundos soñados.
Mis silencios rotos por palabras no profanadas.
Los caminos tortuosos alejados.
La Tierra firme sin ser mancillada.
Fronteras de miedo olvidadas.

Por las ventanas de mi mente, el sol amarillo se abría paso ante el cielo azul. Atisbos teñidos de rojo pasión enviaban su reflejo al verde de la esperanza, donde un blanco inmaculado de nubes de algodón,  dibujaban motivos para que yo los imaginara.

Y allí, en la profundidad del mar, la vida era del color como yo la soñara. En la mano aún aferrada una carta. Un trébol de cuatro hojas. Un as en la manga.


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