martes, 1 de marzo de 2011

AMOR Y CHIRIMOLLAS (recuerdos de hace tiempo)


He encontrado una carta ajada y amarilla, —mientras limpio el armario— con los bordes roídos como uñas en dedos dolientes de impaciencia.

Le he quitado, con la sorpresa, las telarañas de los recuerdos grabados en tinta desgastada junto a la adolescencia, que se fue de viaje con los años.

El sillón del dormitorio —donde descanso el plumero y mis piernas—, ha cargado con el tiempo escondido entre los vestidos de colores, y las transparencias de la noche, mientras me pongo las gafas y me quito las sandalias —¡esta manía mía de ir descalza¡— y él, se presenta ante mí, con el negro de su pelo entre mis dedos, y las caricias a hurtadillas sin luz en el portal de mis deseos.

¡Ya no puedo contar los días, los meses, ni siquiera los años transcurridos, pese a la fecha tatuada en la cara del envío, porque yo, no mido los años por años, sino con el tiempo que hace que el tiempo quedó atrapado en la espiral del tiempo, y, ahora, aparece de nuevo, escrito entre palabras de reclamo pese a que, de él, sólo recuerdo el primer amor —que no es poco—.

La gata, salta a mi regazo y se acomoda entre mis pliegues, mientras lame los dedos inundados de pasado y juventud enamorada, y me mira, y yo la miro, a esos ojos que reflejan en azul, el asombro que saludan mis pestañas.

Musito sola, y te hablo, mientras me trasporto a cuando me llamabas de vuelta, lejos ya del mar donde bañamos nuestra primera desnudez y se desgarró mi cuerpo entre sollozos de algarabía y miedo. Y, ahora, entre el peso de los días, los meses y los años, me devuelves a mis 16, cogida de tu mano mayor, de 17, —años—, intentando caminar erguida sobre los tacones que me subían a tus besos, mientras hacíamos las cuentas de los días que faltaban para crecer juntos y crearnos un hogar entre los abrazos alargados en las noches de amores sin secreto.

-Eres mi vida, y te quiero a mi lado, decías mientras mis 17 ya eran tus 18 —años— de joven madurez recientemente emancipada.

Y yo, que arrastraba sin tí la eternidad de las dudas, me quedé atrapada en la voluntad de mi juventud y mis deseos de comerme el mundo —sin saber si me gustaría su sabor— para alimentarme de amores nuevos.

-Tengo una casa y un huerto de chirimoyas-, me decías para trazarme el regreso hacia ti entre el dulzor de la fruta y el camino que tejías con tu anhelo. Pero yo, que hacía lo que pensaba sin pensar en lo que hacía, te dije, qué para qué quería yo una casa y tus chirimoyas, si aún tenía tiempo de volar sin más alas que mis ansias de alocada juventud, —y daba así un portazo a tus planes de amor y a las esquinas de tu cama—

Dentro del sobre, aún se agazapa el ayer inmortalizado en el blanco y negro de un traje verde de pana —de cinco mil pesetas de entonces, que eran un pastón— y tú, de marrón a rayas diplomáticas y corbata como un babatel. Y reíamos desde la tersura de juventud, cuando creíamos que el fotógrafo captaría nuestro placer en la cara.

La foto, me remueve más que tus palabras de antaño, porque los rostros felices y risueños me presentan el tiempo demasiado repleto de vida sin nosotros, y, de pronto, me entra, por un instante, una imperiosa necesidad de traerte de vuelta con tus ojos negros y piel de sueño, mientras la memoria se reboza de aquellos besos dulces sin el hastío de los años… De la impetuosidad de los abrazos arrinconados en la calle sinuosa de los cuerpos. De todo el amor que se nos quedó extraviado entre el mar y el desierto de distancia al que el destino nos entregó una mañana.

Mientras miro a través de la ventana —por cierto, debo limpiar los cristales un día de estos—, el verde y oloroso jardín me recuerda el día que me pusiste, en un marco parecido, —en el dedo donde se ponen los anillos de enamorados—,el anillo que aún conservo grabado con las iniciales de tu nombre; M.A.R. Quizá, como remedo de ese mar donde llenábamos de sal nuestros besos. Y, alguna vez, pese al transcurso de la distancia, lo llevé, porque era lo poco que conservé de tí durante una eternidad de silencio, y cada vez que mis dedos lucían de plata, brillaba tu recuerdo, al que ya no entro, por no llenar de nostalgia mi tiempo.
Y, ahora, apareces de nuevo, pidiéndome amor eterno, ofreciéndome tu casa y tu huerto, tu juventud de ilusión y ruego…

Pero yo, tengo que seguir barriendo las cenizas que se han esparcido por mi casa y mis deseos gastados de saber donde, cómo, y con quien compartiste tus besos con el sabor dulce de las chirimoyas.

Dejo a la gata en el suelo, mientras la carta, la foto y mi encuentro, quedan guardados bajo llave.
Ya no tiene sentido rememorar lo que pudo haber sido, porque entre lo que quiero está él, que es a quién quiero…





































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