martes, 28 de abril de 2009

LA LUNA DE LOS SUEÑOS







Tenía 7 años, tez morena y el pelo ensortijado. Le gustaba dormir acurrucada junto a su madre desde que su padre decidió dejarlas solas a las dos. Sin decirles nada, un día se fue y nunca volvió a su lado. Pero ella, niña feliz como pocas, creció rodeada de mimos y caricias y su abuela materna se convirtió en su hada madrina.

Jugaba a esos juegos de niñas donde hacer de tendera era adquirir destreza en el manejo del lapicero, porque escribía las deudas que dejaban las pobres gentes que compraban sin un real. Todo lo anotaba en una libreta de rallas, y un lápiz de dos colores, el azul y el rojo, marcaba el debe y el haber de una tienda imaginaria cuyos comestibles no existían y los productos de limpieza eran trozos de jabón de sosa y lejía “el conejito” que había cogido prestados del lavadero.

En el mostrador había una balanza de sueños cuyo nivel siempre daba un poquito de más cuando vendía supuestas patatas y el azúcar siempre era como oro molido para endulzar calientes tazas de leche en polvo desecha en ilusiones.

Cuando cerraba la tienda y colgaba la bata de tendera, subía los escalones de dos en dos, y, pronto, la escalera de peldaños de rojo ladrillo, dejaba atrás un mundo de fantasías y daba paso a la verdadera razón de sus sueños.

Soñaba que subía a la Luna. Era su juego de la noche. No se explicaba como, allí arriba, en el cielo cuajado de estrellas, lleno de nubes, unas veces blancas como algodón y otras ennegrecidas por un temporal, se había ido a vivir Ella, dueña de semejante belleza que solo se dejaba ver de vez en cuando.

La Luna.

La habitación de su cuarto tenía una ventana cuyo alféizar era tan grande que le permitía sentarse en ella, agarrarse a los barrotes de la reja y, con los ojos dirigidos hacia el infinito cielo, deshojarse mirando las noches de Luna Llena.

Todo era magia y misterio para ella, cuando la Luna, altanera y bella, asomaba y todo lo convertía en claridad cuando largas sombras se dibujaban dando paso a ilusorias figuras y le brindaba la posibilidad de salir sin miedo al patio cuando las gallinas ya dormían, pero donde los gatos maullaban de celo esperando que otro igual los poseyera.
Noche oscura que dejaba al negro miedo agazapado porque el brillo de Ella lo anulaba.

Y ella, con sus pequeñas manos aferradas al frío hierro de su ventana, canturreaba una canción de niños y se dormía apoyando la cabeza de ensortijado pelo, y soñaba.

Luna, lunera, cascabelera, debajo la cama, tienes la cena…

La pelota de colores golpeaba la pared de yeso. El vestido blanco con un lazo rojo en la espalda, se abría como un abanico dando aire a la Luna, cada vez que giraba sobre si misma para recoger la pelota en el último lanzamiento y para que no botara en el suelo.

Corría luego por su jardín de sueños. El estanque donde se paraba expandía en olas el agua que reflejaba el brillo de su cara. Sus puntos oscuros eran los ojos y la boca. La sonrisa del niño que se había tragado la Luna y la mancha más grande; el burro con el haz de leña que ella no dejaba marchar.

Cuando despertaba y dejaba de soñar, siempre se preguntaba lo mismo: ¿Cómo podré subir a verlos y jugar con el niño? Se repetía.

-¡¡Ya está¡¡. Ya sé como iré a verlos. Cómo iré a la Luna. Ella siempre está ahí, arriba. Y no dejará que me pierda. Iluminará mi paseo y seguro que enseguida encontraré el camino que sube a su casa. Iré corriendo para llegar antes y, cuando llegue, entraré sin llamar, pues sé que la Luna no tiene puertas. Ni ventanas. Solo tiene ojos que miran hacia la tierra-.
-¡Decidido¡ me voy a la Luna,- se dijo alborozada.

Subida a una silla, se izó de puntillas y cogió de un clavo oxidado de la pared una bolsa de colores. Tenía unas asas rosas y su gastada tela estaba cuajada de diminutas florecillas. Dentro puso un ramillete de margaritas que acababa de coger de un tiesto del patio de su casa y un trozo de pan blanco con una onza de chocolate.

Salió a la calle canturreando y comenzó su aventura de subir a la Luna.

Luna, lunera, cascabelera, debajo la cama, tienes la cena…

Daba saltitos de alegría. La bolsa de tela floreada acompañaba el vuelo de su vestido y sus zapatillas blancas se iban oscureciendo al salpicarse de tierra.

Y corría, corría…

Se adentró sin darse cuenta en la frondosidad del parque. Allí había jugado muchas veces. Se había columpiado y, un día, aprovechando que hizo un recado a su vecina y ésta le dio una moneda, pudo comprarse un helado en el carrito que siempre estaba cerca del estanque.
Pero ahora, incompresiblemente estaba sola. Siempre había mucha gente paseando y descansando en los bancos de piedra. La algarabía de los niños corriendo tras un aro más rápido que ellos. Mamás empujando carritos de bebé. Globos que huían de sus hilos. Palomas picoteando migajas de algún bocadillo. Y ahora, estaba sola.

Se paró en seco. El resplandor plateado que frente a ella se manifestaba, le dejó con la boca abierta. La bolsa de asas rosas y florecillas diminutas cayó al suelo y las margaritas se esparcieron por el suelo. Solo el pan y el chocolate parecía que no hubieran sido testigos de semejante tribulación.

La luz se acercaba lentamente hacia ella que, con sus ojos llenos de asombro, miraban extasiada

Y acercándose a refrescarse la cara al agua que ante ella se movía, vio con toda nitidez que esa luz reflejaba su color de plata en el agua del estanque, y, al meter la mano para tocarla, una suave brisa le meció su ensortijado cabello y una voz dulce y melodiosa brotó del agua.

-Soy yo, la luna lunera, cascabelera, y vengo para ir contigo a buscar mi cena. Se que está escondida bajo tu cama y que noche tras noche, me dejas un plato para que yo lo tome-

-Estaré soñando-, se dijo sin dejar de mirar el reflejo de la Luna en el estanque. Pero la Luna, salpicando de luz su cara, salió del agua para llevarla, cogida de la mano, a su morada.

Por el camino de piedras blancas, y sin que la niña supiera muy bien qué le pasaba, le salió al encuentro como si fuera una aparición, su amigo, su guía de noches blancas que por la Luna se iluminaban.

-¡Hola gato guapo¡ cuanto tiempo que no venías a verme, pero ven, sigue a mi lado y verás que es verdad todo lo que te he contado: La Luna, lunera, cascabelera, ha venido a cenar conmigo porque debajo de mi cama, tiene su cena.

¿Quieres cenar con nosotras?

El gato, que junto a la niña pasó bellos momentos y a la Luna miraban en noches claras contándose historias, se puso a su lado y, sin dejar de mirarlas a las dos caminó feliz de haberse encontrado de nuevo con ellas.

La Luna, más brillante que nunca, los seguía.





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