martes, 20 de noviembre de 2012

DEL DESVÁN DE PALABRAS.


Ya no sé por cuentos sitios dejo palabras.
Las muevo de acá para allá para que no se queden quietas, sin voz que las aclame, sin letra que las dibuje.
Rescato de mi Desván de Palabras algunas de ellas. Frescas, recientes, como el pan que se prepara en harina amasada, para hoy, en el horno de enfrente.
 
De nuevo la voz silenciosa del Desván me llega suave, como el beso de un niño.

Subo los peldalos de puntillas para no despertar a los fantasmas.

Y de nuevo aquí se desempolvan palabras nuevas en heridas viejas.

Observo a la noche vestida de algodones grises desde el cristal manchado.

La lluvia se empeña en seguir. Bendita insistencia.

Albúm de fotos. Una madre joven. La abuela. Un padre ausente. Juguetes rotos. Muñecas viejas.

Aquel verano, descolorido de otoño.

Cierro la puerta. Los fantasmas se quedan quietos. Yo me muevo rápida.

La gata duerme en el calor, junto a las luces, a punto de apagarse.

Él observa, callado, como transcurre en silencio el ruido de la vida ensimismado en sus cosas.

Es hora de dormir. Apago la luz.

Fuera del Desván, los besos saben a un te quiero.

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