domingo, 1 de mayo de 2011

MADRES.

A las madres, porque nunca se van.

La madre, desde la inexperiencia, se remolineaba en la cama con sábanas oliendo a vida nueva. El embozo recogía entre las puntillas el aroma tibio de su juventud, mientras los dolores del parto se iban perdiendo al mismo tiempo que el llanto de la reciente criatura comunicaba a las paredes que serían testigos mudos -entre el balanceo de la cuna y la desnudez de pechos que la alimentarían- de la mujer que se abriría paso entre algodones, y trazaría su camino por la razón de la existencia.

La madrugada, calurosa y dulce, entregaba aquel día de agosto entre picunelas, la diminuta vida recién parida.

—No la he parido, pero me la entregaron de un minuto. -Decía la abuela cada vez que le preguntaban por qué quería tanto a su nieta preferida-.

—Madre, ¿dónde está padre? -preguntaba la travesura con lengua de trapo, mientras jugaba escondiéndose por las esquinas-

—No volverá. -Decía la madre-madre-.

—No es verdad, madre. Ayer jugamos al escondite. Pero, qué tonto es padre. No sabe esconderse, siempre se donde está. Anoche, antes de irme a dormir me dio un beso en la frente, despeinándome el pelo.

La madre-abuela, decía a la madre-madre:

—Tenemos que hablar con ella. Continuamente dice lo mismo; que él no sabe esconderse,… ¿qué crees que quiere decir?...

—Está claro, madre, ella tiene mucha imaginación. Seguro que sueña; que inventa juegos y personas. No te preocupes; son cosas de niños.

—No sé, esta cría es especial. Habla sola. Pasa horas jugando a esconderse… ¿Estará mala la chiquilla?.Pero no, que va…debe ser otra cosa. Ayer, por ejemplo, se sentó en un peldaño de la escalera y gesticulaba. Gritaba, decía que no quería que le tocara la cabeza, pero que le diera un beso…¿pero quién?. Estaba sola, más sola que la soledad. Y yo, yo empiezo a preocuparme.

Pasaba el tiempo que, revuelto y frío, hacia correr a las nubes que dibujaban adioses y lloraban tristezas, mientras que la madre-madre guardaba en la maleta, entre el tafetán y la duda, la angustia. Pero era inevitable y no tenía de qué preocuparse; ella se quedaría entre lo mejor. Ya no era un bebé. Jugaba e inventaba. Creaba mundos de ilusión y risa mientras crecía perfumada de caricias. Podía irse tranquila, aunque el dolor le comiera las entrañas y la nostalgia fuera la compañía de la ausencia.
—¡Cómo pasa el tiempo¡ -le dice la madre-abuela con su voz suave y el pelo adornado de estrellas. Parece que fue ayer, guapa mía. Qué claro lo recuerdo: con los juegos de inocencia entre tu caminar por la niñez crecida. Con el tropel de la felicidad en tus zapatos, y siempre hablando, sonriendo, sin yo saber con quién inventabas cuentos y dibujabas historias vendiendo sonrisas. Nunca lo supe. Siempre me llevabas como loca, observándote; mirando por los rincones, los cuartos de la casa, debajo de la cama…donde nunca había nadie. Pero temía por ti. Que te llevaran de mi lado. Que alguien entrara a la casa sin darme cuenta, y te perdiera. Me hubiera muerto antes de morirme. De pena. Sin ti, razón de vida. De mi vida.

—Pero, no temas, aquí estoy, como siempre, cuidándote como cuando eras tan pequeña que temía romperte. Cuando tu piel rezumaba olor a flores y el pelo se enredaba entre tus rizos.

—Abuela, que alegría verte. Tú tampoco sabes esconderte, ¡eh¡…Ven, siéntate ahí, a mi lado, tengo tantas cosas nuevas que contarte...

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