domingo, 7 de marzo de 2010

EL ADIÓS ELEGIDO.

Ayer fui al entierro de un chico joven. Le conocía desde que nació. A él y a casi toda su familia. Gente de bien que, una vez más, han sufrido en su carne el dolor por la pérdida trágica de un ser querido. 
Decidió no continuar. Quitarse la vida porque quizá ésta no le dio lo que él esperaba de Ella.

Esto que dejo a continuación no es un relato mío. Lo encontré hace días en la red. Pero es la última carta que dejó escrita una mujer antes de suicidarse. De elegir la muerte que quería tener y, como dijo ayer el cura en su entierro, "hay que sentir un profundo respeto por quienes han decidido su propia muerte" ...

“Carta al Lector: 
Amiga del desasosiego, como me considero, empiezo a ceder ante la tentación de lo irredimible. La resignación es la precoz arma con la que conté años ha. Y hoy se vuelve suave, seductora al tacto, sanguinaria al efecto de su causa. ¿Cuál causa? Cotidiana es la pregunta que ronda en mí a todas horas. 
Y es que constante se ha vuelto la razón de considerar la acción diaria cada vez más inútil, más inservible. Obrar para la gran obra, ya no para el bienestar personal. Porque el bienestar en mi persona ha quedado relegado al olvido, porque ningún otro sitio ha podido ganarse. Ya nada me gratifica, ya nada me sonríe. La impostación de una felicidad cuasi utópica es la máscara perfecta para que el entorno se calme, al notar que su obra resulta exitosa. El alrededor busca la felicidad en mí, y la impostación de lo pretendido es su calma, es su certeza de victoria. Pero siempre hay un fondo que no se vislumbra. Porque no brilla, porque el dolor no brilla. 
Lector, no es ésta una manera de juzgarlo, o quizá culparlo por su inanidad al respecto del dolor ajeno. No es Ud. el que duele, sino más bien lo que de Ud. resulta. Somos, en nuestra totalidad, el germen de lo mortuorio. El sadismo que cocinamos entre manos es no más que la malicia que creemos no natural en nosotros. Pero que resulta más esencial de lo deseado. 
Y no me pretendo liberadora de la verdad. Sino dolida que se resigna a la nulidad de una vida, que pierde sentido con el correr de los minutos. Ya ni un amor, ya ni una amistad, ni siquiera una familia o al menos la soledad calman mi pena. El mundo se ha vuelto la justa neutralidad de sentido, y todo ha perdido el rumbo tomándome como punto de partida. El dolor del sol, el dolor de la luna. La juventud fue un suspiro que no aproveché, por no saber cómo. Y la mediana edad, que dicen a la mujer hace más bella, me está ahogando en una belleza que pierde importancia. Ya no importa si el abdomen gana en ligereza, o si hay más o menos pelos en mis piernas. Si quizá tengo o no mal aliento por la mañana, si lo que como daña mis intestinos, y lo que fumo mis neuronas y pulmones. Porque el mañana ha dejado de existir. Y no hay proyección que pueda validar la emoción esperanzada. Porque lo perdido es la esperanza. 
Quisiera, algunas tardes, no haber tenido que llegar hasta éste punto. Y es que el dolor desinteresado, el dolor por el dolor mismo, es lo que quita vida hasta a la vida misma. Y por eso, cansada como estoy de cargar con mi propio peso, es que escribo. Porque sólo supe escribir en mi vida. Porque es lo único que todavía se hacer. Y si en el verbo no reside el sentido más puro, en ningún sitio residirá. Quizá algún motivo, alguna justificación se halle en éstas letras dentro de años. Siempre creo que seré leída, en la posteridad, por quienes mejor comprendan al no estar siendo atravesados por el tiempo ajeno. 
Sólo así puedo descansar. Muriendo en cada letra, cada vez más cercana al punto final.” 


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