martes, 16 de febrero de 2010

DON CARNAL

Sin disfraz, con una blusa blanca abrochada a la espalda y una falda de cuero rojo, las medias negras y los zapatos de medio tacón eran, junto al perfume elegido ese día, el complemento de su cuerpo expectante.
Los rizos de su pelo caían sobre los hombros donde reposaban también la responsabilidad y las dudas.

Martes de Carnaval.

La noche era de febrero y baile, donde las máscaras serían la identidad que vistiera la rutina por unas horas, pero pensaba ducharse y relajarse en el sofá   y encender el televisor que la dormiría junto al calor de la chimenea, cuando el teléfono puso el ring, ring, de la oportunidad.

Le costó decidirse, pues la noche fuera era húmeda y ella ya había adoptado la postura relajante y cómoda ante las llamas que la envolvían en su fuego de pasión imaginada.

Enseguida se despistó de su amiga, cuando ésta, en la pista de baile daba rienda suelta a la cadencia de la música que el Carnaval  vestía de ritmo.

De pronto apareció a su lado. Eran amigos desde hacía años, y, durante mucho tiempo, ella siempre  decía no.

Mientras tomaban un whisky escocés con hielo, los ojos eran besos y el silencio deseo. El no volvía a la pregunta de siempre. Hablaron y rieron, departieron de casi nada, al menos en importancia. Y, de pronto, el ¿vamos? fue correspondido con la misma seguridad de la duda.

Cuando llegaron a casa de él, un aroma a besos en espera y abrazos aderezados con pasión se esparció entre el éxtasis mezclado con timidez reverencial, y la alcoba cálida donde se agazaparon las sombras del miedo y la culpa, fue testigo del placer reflejado en el espejo  que los albergaba en su complicidad.

El siguiente día, amaneció de un ocre raro, distinto. Como si una tormenta se hubiera fraguado sobre la noche, poniendo color de incertidumbre a lo que compartieron, y ella pensó que sería Doña Cuaresma  quién vistió de reproche a Don Carnal.


Pero, durante mucho tiempo, y aún hoy, que han pasado demasiados años y causas con sus efectos sobre su paralela existencia, el recuerdo de lo que vivieron y gozaron en silencio, sigue latiendo en cada mirada que aún se regalan  bajo el disfraz con el que se va vistiendo la vida.


 




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