miércoles, 28 de diciembre de 2011

AURORA.

Tú sabes, como todos los que te rodeamos, que te vas. Que has elegido diciembre para despedirte con ese hilo de voz que se ahoga en llanto. Un llanto que ayer, cogida de tu mano, intenté silenciarlo susurrándote que no tiraras la toalla. Pero tú sabes, como sabemos todos, que la toalla hecha un guiñapo ha sido arrojada sin posibilidad de ser recogida. Ahí yace, rota y deshilada; conteniendo el sudor y las lágrimas, el esfuerzo y la lucha de una vida con más sombras que luces.

¿Qué tengo yo para volver? ¿Quién me espera?

Esa es tu pregunta y la certeza. Tu mano tibia teñida de malva, como un guante maldito, bajo la mía. Una mano amiga y familiar envuelta en el frío adiós de las despedidas, cuando aún queda un suspiro en el alma y un latido en el corazón dolorido.

No has perdido consciencia ni la conciencia. Eres tú, lista y coherente, sincera y de ley, la que a duras penas dirige el vidrio de sus ojos a los rostros tristes, esbozando palabras que cuesta descifrar, pero que llegan claras con la fuerza que te queda. Sí, porque eres de Ley. Aún eres, y quiero escribirte cuando permaneces anclada al peso del miedo, pese a que ya pides la liberación de tu cárcel de morfina.

El tiempo se acaba, como el año, como la película de tu vida. Pero estoy convencida que la fría losa no te cubrirá de olvido. Y se, que por ahí seguirás cortando las espinas de las rosas de ese hermoso jardín que llegaste a crear. Entre los cactus y las lilas. Junto a la fuente de las ranas, silenciosa y seca. Sentando en el regazo a Carina, la perrita que ladra tu ausencia. Junto a los gatos que has alimentado y ahora maullarán a tu sombra cuando pasees entre los manzanos, y nosotros no seamos lo suficientemente sensibles para percibirte.

Aurora es nombre de mañana, de amanecer a un nuevo día. Y como la Aurora, aparecerás cuando quieras con la luminiscencia propia de quién, pese a momentos de oscuridad, irradiaba luz propia.

Hazme un guiño cuando no te vea y dale, no te olvides, un abrazo fuerte, fuerte, a ese Ángel que te encontrarás allí, en lo alto. Se llama Manuela y sabréis reconoceros.

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