Ayer quise hacer –otra vez más- una pequeña obra buena…-Y a la obra no me refiero a la que me lleva de cabeza ya casi dos años (por no contar los seis o siete anteriores) entre cemento y ladrillos del dos…
Fui al super…Somos pocos en casa, pero consumimos como pocos…porque no somos muchos, claro. Pero aún no se ha vaciado la despensa cuando ya hay que llenarla. Es lo que tiene tener que comer. Si ya lo digo yo continuamente: a mí me gustaría haber venido al mundo de chuletas y frenesí, sin tener que alimentarme. Si acaso sólo de amor, que es lo que más quita el hambre y menos engorda…¡ vamos, digo yo¡ Pero eso de tener que estirarle el pescuezo al pollo electrocutado…o a la gallina de corral, que ya no se ven, de tan industriales que se crían, pinchadas de hormonas en lo que siempre fue cuello. O, al pobre cordero con lo monísimo que queda junto al Norit de toda la vida, que lava más blanco que ninguno…O, al conejo, que me lo tengo prohíbido por una cuestión de juegos de niña entre las conejeras. Y, esos huevos de granja porcina... Por no hablar de los cerdos de sinuosos andares criados en menos de lo que canta el chulo del gallo de cresta doblegada…Y, para qué seguir…si ya saben mis queridos lectores, conocidos y los que aún no he llegado a conocer, lo que se vende en el super. Además de mis queridísimas verduras, algunas con eróticas y verdes formas y otras con el color del deseo rojo pimiento…Y, esas frutas…ummm¡¡¡se me está haciendo la boca agua, y no tengo pera de idem que me la quite…
Mientras bebo un trago de agua, -que dicen que por la noche es más diurética que de día-…aunque yo creo que no, porque el agua, cuando se bebe y llega dentro, no sabe que hora es por fuera…Pero bueno, eso lo sabrá mejor mi amiga la médica…sigo con mi relato verídico...que ya se me ha ido el santo al cielo...con eso de ir y venir de una idea a otra, mientras recuerdo que sólo he tomado un yogur porque no quiero recuperar el kilo y cuarta que perdí con eso de los J. Florales…
Ahí iba yo, con el euro en la mano para entregárselo, cuando a la indigente de la mano tendida, le suena el móvil…No sé si a quién le efectuó la llamada le contestó en búlgaro, rumano, checo, ruso o arameo…pero estiró la pierna encogida, se metió la mano en el bolsillo y sacó unos cuantos billetes y monedas de euro…para contarlos. Mientras a mí se me quedaban los ojos haciendo chiribitas y la boca, esa que es mejor cerrar para que no entren moscas o salgan palabras indebidas, boquiabierta.
Era, como no, una ¿indigente? más de las miles que forman parte de una red muy bien organizada, que se pasan por tullidos, desmayados y olvidados de Dios, para tocar, aparte de la cartera, la moral de quienes, de vez en cuando, nos toca la moral, la indigencia callejera.
Cargué el coche con las necesidades culinarias y no sentí ni la más mínima pena cuando me guardé la moneda en el monedero.
Con ella me puedo comprar algo en las tiendas de casi nada a euro…