martes, 11 de octubre de 2011

ANIMALADAS.

De todo tiene la ciudad. De pronto se torna triste y por las calles la ausencia duele. Hay vacio en las casas y recuerdos dibujados en el aire.

El otoño, reciente y cálido, se presentaba frente a los árboles vestidos de verde y ocre, entre rayos de sol de tibieza temprana que, al medio día, se imponía aún con la fuerza del verano resistido a ocultarse.

El bebé, rollizo y hermoso, daba sus primeros pasos de la mano de la madre que empuñaba en la otra, la cestita de mimbre por donde asomaba la diminuta cabeza de ojos vivos y pizpireta mirada, la Chihuahua color canela. La perrita, era, sin lugar a dudas, -y hasta que el niño llegó a la vida- quién ocupaba el lugar de afecto preferente en la joven madre.

Panterica, se había habituado al sonido de la puerta cuando se abría y cerraba cada mañana para dejar salir del interior a la mujer de aire amable que le propiciaba comida y agua. El tejado, se abandonaba con su porte elegante y cauto, para llegar sobre las tapias hasta el regalo diario hecho croquetas de salmón y verduras. Aunque él, irascible y orgulloso, huía ante el menor acercamiento.

Cuando el celo maullaba la noche, el gato desapareció en pos del sexo gático, mientras que la calle recobraba su rutina habitual, sólo rota por la petición de amor y la cópula felina bajo las ventanas, sobrecogiendo el sueño solitario de muchas alcobas compartidas.

La época de celo llegó a su fin, pero el gato no volvió en busca del sustento. El alimento se quedó esperando quieto y repudiado, y el torrente de agua caída de la última tormenta, arrastró el bebedero que se quedó vacío en la calle que alimentaba la soledad callejera. Conjeturas posibles aventuraban el paradero de Panterica. Hasta se pensó que podía haber sido comido por esos humanos que comen gatos y perros. -Sí, ya sabemos que hay culturas que no le hacen ascos a nada-. Pero… La sorpresa llegó el día –después de muchos meses de ausencia- que su porte azabache, se calentaba bajo el sol del recién estrenado otoño. Cuando abrió los ojos ante la presencia de la mujer que lo alimentó durante un tiempo, lo reconoció. Supo que seguía cerca. Había sido adoptado por un alma gatuna que lo llevó a su casa y le dejaba salir a ronronear en libertad. Dormir bajo techo, en lugar de las frías tejas, hizo que el gato eligiera ama nueva con la que compartir afectos.

Los galgos, negros y famélicos, aparecieron como potros desbocados por el Callejón del Aire. El bebé, olía a limpio y leche recién mamada. La perrita, había saltado de su trasportín y el gato, que dormitaba su descanso, despertó erizando la cola ante el miedo olfateado. Como jauría enferma y apaleada, las carnes tiernas fueron presa de las garras de los perros de caza abandonados a su suerte, por un dueño irresponsable y temerario.

El niño se libró, ante la rápida madre que lo cubrió en un abrazo aunque perseguida por un hambriento can, que recibió un portazo en el hocico. Pero la perrita y el gato fueron atravesados por las fauces babosas entrenadas para matar. La caza de los conejos, emulada en plena urbe, acabó con la vida apacible de Lubina y Panterica que, como el gato y el perro que eran, convivían en armónica vecindad.

Allí quedaron sobre el asfalto, durmiendo el sueño eterno.

La calle se cubrió de llanto y estupor. El ama de Panterica, al que ella llamaba Felipe, sufrió un desmayo ante la imagen terrorífica de los galgos desgarrando el diminuto cuerpo de Lubina, y atravesando al gato su estómago satisfecho.

El entierro ha sido cubierto de ausencias. Los gáticos vecinos, maúllan sobre los tejados. Clarita, la gatica recogida de la calle, -que se ha convertido en toda una señora gata de mirada hermosa y zarpas traviesas- no sale a jugar con las hormigas, ni comer hierba fresca, ante el miedo dejado por los acontecimientos. Venus, la gata de siempre en casa, que no sabe nada de la soledad de la calle ni sus abandonos, sigue siendo la reina del mambo gatuno. Pero la vida relajada de los cerros oliendo a tomillo, romero y escaramujo, flores silvestres y madre selvas, ha suspendido el aroma entre las sepulturas.

Sólo las ardillas parecen ajenas a la tragedia. O quizá no. Quizá ellas fueron testigos ocultos y se duelen sobre los pinos.

Los galgos nunca harían semejante atrocidad en situaciones normales. Pero cualquier animal, hombre o perro, que es entrenado para cazar, mata impunemente si pasa hambre y sed de justicia. Si se le abandona en mitad de la nada cuando ya no sirve para el fin para el que fue utilizado. Si se le repudia, y despoja del poco cariño que, como en este caso, nunca se le demostró.

Yo, siempre me preguntaba que habría sido de Panterica, -de muerto Felipe- Fue un gato, simplemente un gato, al que alimenté para que no se quedara sin afecto y comida si podía evitarlo.

A Lubina, la echa de menos hasta el bebé que aún no sabe de lo que es capaz el abandono.
             
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