miércoles, 7 de abril de 2010

NECESITO TUS PALABRAS.

Hay personas en las que su bondad es proporcional a su inteligencia y ésta a su humildad.

Creo también que la generosidad es connatural con aquellos seres que han sido elegidos para dedicarse a los demás, ya sea en forma de ayuda física, o con la capacidad de llegar al corazón con sólo la palabra. Y digo sólo no como sinónimo de poco y único, sino con la grandeza que supone llegar desde ellas entre la imperiosa necesidad que todos tenemos de escuchar en un momento dado, algo que nos diga lo que necesitamos oír. Que nos ayude a entender. Que nos guíe hacia la comprensión del por qué vivimos lo que nos toca…Desde la humanidad echa palabra de los que tienen el don de reconfortarnos desde ella.

Antonio Carrascosa Mendieta, es mi amigo y el cura de mi pueblo.

Sé que lo que menos le gusta es que le alaben sus conocimientos, porque como decía Jean de Gerson: “”Al final, no os preguntarán qué habéis sabido, sino que habéis hecho”” y sé que él lo que realmente quiere es hacer las cosas bien, no demostrar a nadie lo que sabe…Y eso, es propio de la sabiduría.

“La riqueza de un ser humano se mide por la cantidad y la calidad de los amigos que tiene”, dijo un sabio. Y él es rico, riquísimo…

Y lo es más porque, sobre todo, no prejuzga a quienes no practicamos religión alguna. Ni siquiera la suya. Por eso los amigos no son limitados. Somos, tenemos la suerte de ser…a su lado.

Yo me considero un ser privilegiado en muchos sentidos. También por contar con buenos amigos. Y él, es mi amigo.

De su mano volví a adorar el Cine y la Literatura. Algo relegados en un tiempo cuando el mío no dependía tanto de mí y mis libros descansaban sin mostrarme sus vidas y me pedían a gritos que entrara de nuevo en ellas. Y, donde el cine, sólo me abría sus puertas desde la confidencia de un salón adormecido en el sofá.

Hoy, mi vida se engrandece también cada día al que le dedico palabras. Esas palabras que llamo la voz de los días. Y las que uno a las voces de mi gente y de otras gentes que van vistiéndose o desnudándose también desde sus letras. Desde esas palabras que en silencio o susurradas deben entregarse al viento para que éste nos las devuelva en forma de caricias.

Por eso quiero dejar aquí, en la tranquilidad del bosque animado con vuestra presencia, el sermón que el Viernes Santo, mi amigo, el cura de mi pueblo, dejó en el espacio abierto de nuestros corazones para hacerle un sitio a sus palabras.

VIERNES SANTO
 2 de Abril de 2010.

Vengo buscando un silencio. Y he venido a buscarlo aquí a nuestro Calvario, al lugar donde la palabra que Dios nos regaló fue rechazada, crucificada. Y es que quiero pedirte una cosa, una sola cosa: que en este silencio de la bendición salgas con el ánimo de romper todos tus silencios. Me atrevo a pedir tu palabra, tu voz. No quiero que te sumerjas de nuevo en el ruido sin que resuene en tu corazón mi súplica: quiero que me hables. ¿Es mucho pedir? Sí, quizás sí, pero el Nazareno me anima a pedírtelo. No quiero cualquier palabra. No quiero aquella palabra hueca, vacía, que tantas veces me das y que más parece un ruido para esconderte que una palabra para pronunciarte. Quiero esa palabra que eres tú: hijo, hermano, hermana, esposo, esposa, padre, madre, amigo. No eres ningún extraño y me duele escuchar en ti voz de extraño. Contigo ya no me vale cualquier palabra. Vengo a pedirte que me des aquella que ando buscando de ti, aquella que te muestra a ti y a nadie más.

Dame tu voz, porque te quiero. No me vale sólo tu compañía, no me conformo con que no me falte de nada, con que me rodees con tantas cosas que quizás yo nunca te he pedido y no se has capaz de darme aquello que nunca me canso de pedirte: tu palabra. No me vale todo lo que compartimos si no me dices al menos que te alegras de compartirlo conmigo. Necesito que pongas voz a tu vida y con esa voz acaricies la mía. Quiero que me cuentes lo que sientes, lo que sueñas, lo que me quieres. Sé que sabes hacerlo porque ya lo hiciste en el pasado. Nada justifica que calles o que hables sólo para matar el silencio. Necesito que te pronuncies a mi lado, que me enseñes esa verdad que eres tú. No tengas miedo, porque tu palabra siempre será la palabra de quien quiero.

Necesito tus palabras. Me dices que estoy bien atendido, que no tengo de qué quejarme, que cuántos quisieran. Pero me falta escucharte. Sé que soy viejo, pero no me hables como un viejo. Para ti no soy un viejo, soy tu padre, tu madre, tu tío. Llevas mi sangre y por eso quiero oír la voz de mi sangre. Cuando estés cansado de escucharme pregúntate si no estaré yo cansado de buscar tu palabra. A lo mejor sólo quiero una, una sola palabra tuya. Ya ves con qué poco me conformo. Pero dímela bien dicha. A mi edad la vida es tan frágil que necesita ser cuidada y me da miedo que cuando quieras decirme esa palabra ya sea tarde.

Cuántas palabras de reproche y qué pocas de comprensión. Cuántas palabras cortas cuando necesito largas sentadas y cuántas chácharas inútiles cuando con una sola palabra dicha con ternura me convencerías. Necesito tu confianza, que me ayudes a crecer confiando en mí. No me recuerdes mis defectos, los sé. Dame una palabra para saber que me aceptas y me quieres más allá de ellos. Dame una palabra que me haga creer que, aunque tú tengas otros proyectos sobre mi futuro, respetas mis sueños y los haces tuyos.

Necesito tu voz, amigo. Percibir esa palabra más grande que es que te sientes sin prisa y me escuches, que sienta que te preocupas por mí. Tantas veces tu palabra ha sido bálsamo, tantas veces me has dado palabras para reír y para llorar, palabras de ánimo y palabras de consuelo. ¿Dónde están ahora? Dime, ¿es que no te cansa ya tanta palabrería, tanta superficialidad tanta vanidad en las conversaciones? ¿es que no nos aburre ya a todos emplear nuestras palabras en críticas hirientes, juicios frívolos, cuando no en difamaciones sin piedad? ¿Para eso nos has ha dado Dios el don de la palabra? Quiero tu palabra, quiero que me hables de ti, que me des esa voz que sólo un amigo puede darme. No quiero que tus palabras las emplees en aparentar lo que no eres o no sientes, porque yo no quiero tu apariencia, te quiero a ti.

No ignores mi dolor, mi enfermedad. Sé que a veces sólo me sale hablar de mis dolores y que eso a veces te cansa. Pero el único alivio que tengo es sentir que me escuchas. Necesito la medicina de una escucha paciente capaz de pronunciar palabras de cariño y comprensión. No dudes en dármelas, no te canses de regalármelas hoy, mañana y siempre, porque las necesito mucho más de lo que piensas. No te imaginas cuánto puedes curarme con una sola de tus palabras.

Y en este silencio busco una voz que ya no escucharé jamás en esta vida. ¡Ay, tu voz arrebatada por la muerte! Y me duele tanto este hueco tan mudo que ha dejado tu ausencia. No quiero cansarme de buscar el eco de tu voz por todas partes, porque no sólo me faltas tú: es que sin esa voz parezco faltar yo también de esta vida. ¡Cómo resuena el eco de tus palabras ausentes en la bendición del Calvario! Déjame que te siga hablando para compensar el silencio que me dejas. Deja que ponga voz a tu voz, porque necesito decirte aquello que en vida no supe o no pude decirte, o a aquello que te dije un millón de veces, pero que me rasga el alma no poder decírtelo aunque sea sólo una vez más y sabes que daría mi vida entera por poder hacerlo. Sin tu voz, sólo me apetece quedarme yo mudo también.

Hijo  ¿dónde te has escondido?, ¿de qué tienes miedo? Quiero que en el silencio me escuches, que la bendición de mi hijo hoy te traiga mi voz de Dios Padre. Llevo toda la vida buscándote, toda la eternidad tejiéndote. Sé que estás muy ocupado, pero mi voz sólo te trae el descanso; sé que son millones de cosas las que te preocupan, pero quiero que mi palabra te ayude a sostenerlas; cuando estás alegre quiero que escuches que me alegro contigo y que escuches mi llanto cuanto tu lloras. Soy tu Dios, no soy ningún extraño. Sé que aquí en tu Calvario puedes escucharme más que a ningún otro sitio. No me conformo con ser Dios, quiero ser tu Dios, que te abras a mi palabra mientras mi hijo te bendice, que sientas en la desnudez del silencio la voz de los que están aguardando tu voz. Baja de este calvario decidido a regalarles tu palabra.

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro, 

si no es tu voz, el norte que pretendo.
(Miguel Hernández, en El Rayo que no cesa)


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