jueves, 25 de marzo de 2010

FIN DE LA JORNADA.




Voy a deslizar la silla giratoria hacia el fondo de la mesa y a apagar las luces que reflejan el cansancio de las letras que contratan y tejen alientos de un trabajo nuevo. Se acumulan tantos expedientes expectantes que, por un momento, debo levantar la vista de las peticiones imperiosas y deslizar los ojos hacia la ventana que atisba el silencio de la tarde, mientras el hambre se recoge entre la loza y el humo de los pucheros dentro de los hogares donde bullen las familias o la soledad aferrada a la cuchara.

Pero yo, hoy, tengo un encuentro. Una cita con los libros y la escritura de mujeres que me han pedido la voz para que lea su prosa cargada de deseos.

Le he dicho al que más manda en todo esto que me voy antes de la hora. El dice que tampoco se queda.

Mañana será otro día. Y aquí estaré de nuevo para saludaros desde el olor que desprende la primavera con brotes de esperanza.

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