lunes, 8 de febrero de 2010

MI HANSEL Y GRETEL PARTICULAR

El famoso cuento Hansel y Gretel de los hermanos Grim, dio paso a este otro que , a través de un taller de escritura en un Foro de Literatura,  debíamos rehacer como entendiéramos, para que, después de ser corregido, se determinara si teníamos o no, capacidad de redacción y creación literaria:
Así me quedó...Por cierto, me pusieron 5 estrellas: O sea, que gustó al responsable del taller, que, por otra parte, era exigente donde los hubiera. Sólo me hizo unas pequeñísimas correcciones de tiempos en el relato y poco más y la edad narrativa del personaje...Ya que se supone que un niño no tenía tal capacidad para discurrir  o plantear soluciones  y comportamientos.

Esta es mi versión donde la protagonista aquí es Gretel, la chica. Quise dejar claro que las mujeres no somos tan débiles como aún a veces nos consideran algunos...

Hola amigos, soy Gretel, quiero contaros un poco la historia de mi vida junto a mi hermano Hänsel.


Hubo un tiempo en que vivíamos en un bosque muy grande  junto a mi padre y su esposa, nuestra madrastra, pero pasábamos mucha hambre ya que  nuestro padre no ganaba lo suficiente para alimentar las cuatro bocas de nuestra familia.

Una noche mientras intentábamos dormir pese al hambre, oí a mi padre como le decía a mi madrastra. ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo alimentar a los pobres pequeños, puesto que nada nos queda?
Ella le contestó que tenía una buena idea. Consistía en que de madrugada nos llevarían a mi hermano y a mí al bosque. Encenderían un fuego, nos dejarían un trocito de pan y luego sin que nos diéramos cuenta nos dejarían solos y se volverían a su trabajo. –como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libramos de ellos- dijo sin un ápice de tristeza en sus palabras.
-¡Por Dios, mujer¡- le contestó mi padre. Eso no lo hago yo ¡Cómo voy a cargar sobre mí el abandonar a mis hijos en el bosque¡ No tardarían en ser destrozados por las fieras.
Ella, le gritó diciendo: ¿Quieres, pues, que nos muramos de hambre los cuatro? ¡ya puedes ponerte a serrar las tablas de los ataúdes¡ y siguió  importunando a mi padre que no tenía valor para negarse, pues ella siempre le amenazaba con abandonarle, y  él, sollozando, accedió.

Mi hermano no entendía bien lo que pasaba, pero al oír lo de los ataúdes se acordó de nuestra mamá cuando murió y comenzó a llorar.
Le dije a Hänsel que no se preocupara, que confiara en mí que yo no consentiría que le pasara nada malo. Velaría por él como lo habría hecho nuestra madre.
Cuando los viejos estuvieron dormidos, me puse una chaquetita encima del camisón y salí a la calle por la puerta trasera. Esa noche brillaba una luna esplendorosa y pude ver sin problemas los guijarros reluciendo como plata pura que estaban delante de la casa. Una vez que llené con ellos los bolsillos volví al cuarto y le dije a Hänsel:  -Mañana, cuando ella entre en la habitación a levantarnos no digas nada de lo que hice anoche-.
A las primeras luces del día, nuestra madrastra entró en la habitación y nos gritó a Hänsel y a mí: ¡vamos holgazanes, levantaos¡ Hemos de ir al bosque a por leña- y dándonos a cada uno un pedacito de pan, nos advirtió que con él tendríamos para todo el día, pero si nos lo comíamos antes no nos daría más-. Puse a Gretel el pan debajo de su gabán, porque yo llevaba los bolsillos llenos de piedras, y emprendimos los cuatro el camino del bosque.
Al cabo de un ratito de andar de vez en cuando me volvía para mirar hacia la casa. Mi padre decía: -Gretel, no te quedes rezagada mirando atrás, ¡atención y piernas vivas¡
-Es que miro el gatito blanco, que desde el tejado me está diciendo adiós-
Pero lo que yo estaba haciendo no era mirar al gato, sino ir echando las blancas piedrecitas, que sacaba de los bolsillos, a lo largo del camino.

Cuando estuvimos en medio del bosque, dijo nuestro padre:
-Recoged ahora leña, pequeños, os encenderé un fuego para que no tengáis frío.
Mi hermano y yo reunimos un montón de leña.
Mi padre y nuestra madrastra prepararon una hoguera, y cuando ya ardió con llama viva, ella nos dijo que nos pusiéramos al lado del fuego que ellos se iban a recoger leña, y que nos recogerían cuando terminaran.
Después de comernos el pan, y gracias al calor del fuego Hänsel y yo nos quedamos dormidos y despertamos cuando ya era noche cerrada.
Hänsel se echó a llorar, y dijo:-¿Dónde está padre? ¿Cómo saldremos del bosque?, Tengo miedo- Pero yo le consolé y le dije que esperaríamos un poquito más hasta que la luna estuviera alta en el cielo y que vería como encontrábamos el camino.

Después de un rato abrazados, cogí a Hänsel de la mano y anduvimos toda la noche bajo la luz de la luna que hacía brillar las piedrecitas arrojadas y nos condujeron a nuestra casa de nuevo.
Cuando llamamos a la puerta, la cara de nuestra madrastra al abrirla, era de rabia, y con mal fingido apuro, dijo: -¡Diablo de niños¡ ¡Donde os habíais metido, creíamos que no queríais volver- .
Cuando mi padre salió a ver que eran esos gritos, se abrazó a nosotros con lágrimas en los ojos, pero se le notaba en su rostro la alegría por tenernos allí de nuevo.


Cuando los viejos se durmieron, Hänsel me dijo que esta vez él cuidaría de mí y salió de la habitación con intención de proveerse de guijarros como yo hice tiempo atrás; pero no pudo hacerlo, pues nuestra madrastra había cerrado la puerta. Pero me dijo: -No hay problema, Gretel, durmamos tranquilos que si Dios quiere saldremos también de ésta-
A la madrugada siguiente ella entró de nuevo en la habitación y dándonos un pedacito de pan, más pequeño aún que la vez anterior. Nos gritó que había que salir a por leña.
Camino del bosque, Hänsel iba desmigajando el pan en el bolsillo y deteniéndose de trecho en trecho, dejaba caer miguitas en el suelo. Ella nos condujo aún más adentro del bosque, a un lugar donde nunca habíamos estado antes. Encendió una hoguera y nos dijo:
-Niños, después de comer echaos una siestecita, que cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros-.
A mediodía, partí mi trocito de pan con Hänsel, y luego de haber dormido mucho rato, cuando nos despertamos la luna ya brillaba en lo alto, pero ni una sola miga de pan relucía en el suelo. Nos dimos cuenta que los pajaritos se las habían comido todas.
Anduvimos largo rato y no encontramos el camino, paramos al pie de un frondoso árbol y nos quedamos otra vez dormidos.
Cuando reanudamos la marcha al amanecer comprendí que cada vez nos alejábamos más del camino. Estábamos casi desfallecidos por el hambre, de pronto el trino de un pajarillo, blanco como la nieve, nos hizo pararnos a escucharlo. Cuando reanudó el vuelo fuimos tras él hasta que le vimos posarse en el tejado de una casa hecha de pan cubierto de chocolate, y las ventanas  de puro azúcar.
Hänsel daba saltos de contento. Me dijo que él comería un pedacito del tejado y que yo podría probar la ventana.
Nos encaramamos al tejado los dos y cuando yo bajé para lamer la ventana una voz del interior surgió dándonos un buen susto diciéndonos: -¿Será acaso la ratita quien roe mi casita?-
No hicimos mucho caso, pues el hambre era mucha y el tejado y la ventana sabían a gloria. De pronto se abrió la puerta tan bruscamente que un trozo de teja de chocolate cayó al suelo haciéndose añicos. La mujer que salió de la casa era fea como nunca yo antes había visto a nadie. Tenía unas orejas de soplillo y unas verrugas negras que me dieron repelús.
Nos dijo que no temiéramos nada. Que pasáramos dentro de la casa donde había más cosas ricas para comer.
Yo no estaba muy convencida, pensé que quizá esa mujer tan fea de mirada fría nos tendería una trampa. Después del comportamiento de mi madrastra, yo estaba muy recelosa.
Hänsel insistió en entrar, decía qué dentro podríamos comer cosas aún más exquisitas que el tejado y las ventanas.
Después de dudar un rato sobre si entrar o no, cogí a Hänsel de la mano y pasamos dentro. Un olor raro me llegó pero no dije nada.
Después de hartarnos de comer, nos acostamos en un jergón y cuando  desperté ya era de madrugada.  No vi a Hänsel a mi lado. Salí afuera y un alarido salió de la boca desdentada de la horrible mujer asustándome más de lo que ya estaba. –Ven aquí, holgazana-, me gritó: -Tengo a tu hermano encerrado en el establo y lo alimentaré hasta que engorde como cerdo de matanza. Cuando esté bien cebado, me lo comeré-
No pude soportar tanta tragedia y me puse a llorar amargamente, pero tenía que cumplir los mandatos de aquella bruja. Tuve que cocinar para mi hermano manjares exquisitos mientras  yo me caía de hambre por los rincones, pues la bruja controlaba para que yo no me pudiera llevar a la boca nada más que cáscaras de cangrejos.

Cada vez que la bruja bajaba al establo para ver lo que había engordado Hänsel, éste sacaba un hueso de pollo por la reja, pues habíamos descubierto lo cegata que era y así pudimos engañarla ya que oíamos como decía lo poco que engordaba. Pero una mañana me chilló. -¡Gretel, ve a buscar agua, esté gordo o no tu hermano, mañana me lo comeré-.
¡Qué desconsuelo el mío, cuando traje el agua del pozo, las lágrimas saltaban de mis mejillas al suelo¡ Pedí ayuda a Dios, como mi madre nos había enseñado y confié en que ella, desde el cielo, cuidaría también de que el trágico final no llegara para nosotros.

Cuando tuve que salir y llenar de agua el caldero y encender fuego, la bruja dijo que primero se cocería el pan, y dándome un empujón me llevó hacia la boca del horno para que entrara a comprobar si estaba lo suficientemente caliente. De pronto me di cuenta de lo que pretendía y le dije  que no sabía como entrar. Ella sin darse cuenta de mis intenciones se acercó para demostrarme como tenía que hacerlo. En ese momento yo le di un empujón y fue a parar al fondo del horno. Cerré la puerta y comenzaron a oírse alaridos de bruja quemada. Salí corriendo hasta el establo a por Hänsel. -¡Vámonos de aquí,  estamos salvados, esa malvada ya nada puede hacernos, está ardiendo en su propio infierno-
Nos abrazamos y besábamos. Reíamos sin parar de felicidad. Antes de irnos de allí para siempre, recorrimos todas las estancias de la casa. La bruja tenía todos los rincones con cofres llenos de perlas y piedras preciosas. Nos llenamos los bolsillos y delantales de pedrería,  pues aunque no sabíamos bien que haríamos con ellas, esas eran más bonitas que los guijarros de los que habíamos llenado nuestros bolsillos tiempo atrás.

Salimos corriendo de ese lugar embrujado.

Cuando llegamos al río, vimos que no había ni puente ni pasarela ni una barca para cruzarlo.
De pronto Hänsel vio un pato blanco y me dijo que él nos ayudaría a cruzarlo. Comenzó a llamarlo diciéndole: -Patito, buen patito mío Hänsel y Gretel han llegado al río, no hay puente por donde pasar: ¿sobre tu blanca espalda nos quieres llevar-?
Se acercó el patito hasta la orilla, y Hänsel se subió a él, yo me di cuenta que los dos pesábamos mucho para ir juntos y decidimos ir uno detrás del otro.
Cuando los dos estuvimos en la orilla opuesta fuimos caminando un buen trecho. De pronto vimos como el bosque se nos fue haciendo cada vez más familiar, hasta que por fin descubrimos nuestra humilde casa. Echamos a correr, cuando abrimos la puerta, nuestro padre estaba sentado frente a la chimenea abrazado a ropas nuestras. Cuando miró a la luz que entraba desde el bosque, saltó de la silla y fue a nuestro encuentro. Nos abrazó de una vez a mi hermano y a mí. Nuestras lágrimas ya eran de alegría.
-Hijos míos, decía sin parar, ya nunca nos separaremos, vuestra madrastra murió hace tiempo. Los tres viviremos ahora en paz y con amor aunque seamos tan pobres, pero juntos todo lo malo venceremos-.

Cuando Hänsel y yo, vaciamos nuestros bolsillos, la cara de mi padre se iluminó. Nosotros no sabíamos bien que eran todas aquellas piedras que brillaban como el sol y se parecían a la luna. Pero él nos lo explicó.

-Hijos míos, se acabó nuestra miseria. Dios y vuestra madre nos han ayudado. Las piedras que habéis traído son auténticas joyas, las venderemos y podremos vivir sin apuros el resto de nuestras vidas-

 

Ahora ya no pasamos hambre, ni tenemos miedo a que nos abandonen solos en el bosque.





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