miércoles, 17 de marzo de 2010

EN EL MUSEO.

Dibujo de Viejo Zorro en Foro de Literatura y el relato que me inspiró.









Paseo entre interminables pasillos por donde mis silenciosos pasos me conducen hacia la inmensa e iluminada sala donde emergen, como de las entrañas de la tierra, quebradas miradas y bocas que exhalan el vaho de palabras que queman como fuego, por tener que callarlas.
En medio de cálidas losas de níveo mármol estoy a punto de desfallecer. Llevo mucho tiempo dando vueltas al inmenso lugar donde, en paredes color carmesí, parpadeantes lucecitas provenientes de sofisticadas cámaras, graban el movimiento de mi cuerpo y el sonido acompasado de la respiración. Pero el inmenso y variado paisaje que ante mí se abre me sumerge de lleno en la impronta que mágicas manos han ido creando de mundos que, oníricos o reales, son un regalo para mis ojos.


He entrado a una sala donde hay demasiada gente. Hombres y mujeres anónimos de miradas vidriosas con las manos aferradas a sus propias debilidades. Gente sumergida, como yo, supongo, en las mismas cosas, en una realidad cotidiana a veces demasiado dolorosa, o quizá, cómoda y tranquila donde ni siquiera la suerte quiebra el transcurrir monótono de muchos días. Gente, en definitiva, que ni siquiera se mira porque va cada quien a sus cosas.
Fuera, el exterior sigue con sus ruidos y prisas. Con gente que tiene la calle por casa. Otros, con casas amuebladas de soledad tan fría como la calle. Y, algunos, felices paseantes entre adoquines de ilusiones, Pero aquí, la quietud es tal que me sorprenden mis pasos de puntillas, como si creyera que al poner los pies en el suelo pudiera romperse el silencio existente.
De pronto, un cuadro ha llamado especialmente mi atención.


Me acerco a él. Un señor con sombrero de fieltro verde, ha rozado mi hombro cuando se ha vuelto sobre sus pasos y se deja caer en el asiento que, frente a la triste pintura, queda situado y, desde el cual, pueden observarse con más detenimiento las numerosas imágenes que contiene y, especialmente, el halo de misterio que las envuelve.
Me siento yo también. Compruebo que este cuadro por sus dimensiones se observa mejor desde la cómoda posición que ahora tengo y puedo analizarlo detenidamente, a la vez que descanso.


El señor del sombrero de fieltro verde, parece haberse dormido. Mis movimientos al dejar el abrigo junto a él parece que fueran los que recrea una película a cámara lenta. Hay tanta quietud frente a la pintura que no quiero ni siquiera molestar a quien parece haberse rendido a su belleza y aprovecha para echar una cabezadita frente a él.
El cuadro refleja el terror de quien la Historia nos ha presentado como mártir de sus propias ideas y creencias.
Pero yo no quiero analizar la pintura cuya vida real o imaginaria tuviera la que, pintada, fue pasto de las llamas.
Antes de irme, miraré de cerca el cuadrito de letras negras y menudas que el inmenso trabajo tiene a la derecha, donde estará el nombre de la obra y el autor de la misma. Pero luego... antes de salir de nuevo a la prisa y al ruido de la calle.


De pronto, el cuadro me hace recordar a la Hoguera de las Vanidades. Lo he mirado tanto que, por un momento, quiero cerrar los ojos e imaginarlo desde lo que mis retinas ya guardan.


Y pienso que...Yo no quiero ver arder en su fuego los espejos que reflejan lo que somos cuando nuestra cara lo mira de frente y sin trampas. Ni quiero ver arder los vestidos que ayudan a llenar los cuerpos de colores algunas grises mañanas. No quiero que arda la música que de instrumentos emana y hace vibrar de recuerdos los rincones de la vida pasada. Tampoco quiero ver quemar las palabras que entre hojas se entrelazan abrazando las historias que pasan. No quiero que ardan los besos ni las caricias que alguien que amó contara. Ni quiero quemar el arte que invoca la magia de las cosas llenando de ilusiones y sueños las vidas a veces ajadas.
Quiero ver quemar en la hoguera, ante la mirada ciega de los que ven y las bocas que el estupor calla, la falacia en que se ha convertido tanta promesa gastada.
Quiero gritar, aunque el fuego de la rabia queme mi garganta, que me duele tanta voz aún amordazada.
Quiero que el fuego borre toda palabra que al decirla sea una clavada daga, y que la ceniza cubra de gris lo que sustenta la hipocresía y la mentira gestada.
Quiero que arda para siempre lo que a la Tierra envuelve en llantos de hambre y muerte que pueden se evitadas.
Quiero que desaparezca de la vida, como si el autor lo borrara del cuadro, tanta injusticia por equidad pagada.
Quiero...

-Oiga, perdone-…-El hombre del sombrero, suavemente posaba su mano en mi hombro- El Museo va a cerrar. Se ha quedado dormida y ha estado soñando. Hablaba y decía que el cuadro debería tener distinto color. Otra vida reflejada. Menos injusticia pintada. Y, mire, me ha convencido: soy el autor del cuadro, en breve volveré a pintar y, no lo dude; cuando cuelgue de la pared, reflejará otra forma de vivir la vida.


Cuando el hombre del sombrero verde de fieltro se aleja me aproximo a ver cómo se titula el cuadro y cual es el nombre de su autor.


Infa Inot. Óleo sobre lienzo. Título: La Vida en llamas.
Cojo el abrigo y salgo a la calle. El frío cala los huesos.





















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