miércoles, 4 de noviembre de 2009

1 DE NOVIEMBRE












Una amiga virtual y buena escritora, opinaba en un foro de literatura sobre lo que el día 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, se estaba convirtiendo entre fiestas de Hallowen con sus brujas y las calabazas por doquier. Piensa que ya todo está dando paso a un motivo más para disfrazarnos y que casi nada tiene ya que ver la celebración del día de difuntos de antaño con lo que se vive y conmemora en la actualidad.

Yo le contestaba esto, porque en realidad, también es lo que pienso, pero que quizá es algo que tenemos que hacer porque, en definitiva, el dolor de la muerte es demasiado duro como para no ponerle un poco de dulzor disfrazado.


EL MUERTO AL HOYO Y EL VIVO AL BOLLO.

Me he visto desde tus letras al lado de los gitanos poniendo las flores el pasado viernes a mi ser más querido y recordado: mi abuela.
Es cierto lo que describes. Del sentimiento y recuerdo que se vive entre los pasillos rodeados de encerrada muerte. Pero la vida, la de las flores que yo no comparto que sean llevadas en ramos que nunca antes fueron entregados al difunto cuando vivía, me hacen ver, entre las silenciosas lápidas, que el crisantemo es el que busca el lugar que le van quitando las flores de otros eventos. Pues las rosas, los gladiolos, los claveles de regalos y celebraciones, van robando el protagonismo a las flores de los muertos. Al igual que las calabazas y las brujas le van quitando su sitio a las castañas asadas y los boniatos junto al televisor y el Tenorio.
Tenemos demasiada facilidad para el disfraz. Lo mismo nos da el propio que el importado. La cuestión es vestirnos de cualquier cosa menos de lo que, en realidad, somos. Quizá sea porque fuera de nosotros mismos las cosas no son tan reales como quisiéramos. Todo viene disfrazado. Todo se compra con papel de envolver.

A la muerte, el día 1 de noviembre la vestimos del color de las flores y la iluminamos con mariposas encendidas. La rociamos con el aroma de un recuerdo que solo tiene el olor de un día. Y, después de esta celebración, la mayoría de las veces, muchas y más de las que nos gustaría, tendremos que observar como "el muerto al hoyo y el vivo al bollo".. es, en definitiva, la mayor realidad. Y para olvidar que no es la muerte la que nos deja sin vida, sino que es la vida la que nos deja heridos de muerte cada vez que alguien querido se va. Y por eso quizá se inventaron los dulces y el disfraz.

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